El libro rojo de los viajes

El día 7 de junio de 2018, en el “Aleatorio” de Madrid, David Foronda presentó su libro “Animalario secreto o el libro rojo de los viajes”. Tuve el privilegio de que me propusiera escribir el prólogo y hacer la introducción de ese acto, que resultó bello y entrañable. Transcribo el prólogo. Para los interesados, el libro lo pueden encontrar en Ars Poetica.

PRÓLOGO

La primera vez que me encontré con él tenía dieciséis años. Vino con unos colegas del instituto al “Libertad 8” a escuchar nuestra lectura. Nos veían como poetas consumados. Yo tenía treinta y nueve y, más bien, era un poeta balbuciente. En su cuerpo de chaval había unos ojos donde ya se reflejaba el horizonte. Y ese reflejo me descubrió al compañero de viaje.

Veintitrés años después, aquella impresión no ha hecho más que hacerse realidad. Foronda ha viajado, y viaja, por caminos que conozco y por otros muchos que despiertan mi imaginación: la ciencia, la geografía, la naturaleza, los humanos y sus creaciones, y siempre con la palabra como herramienta fotográfica de lo que perciben sus seis sentidos.

Foronda, mejor dicho, sus ojos y sus versos que son lo mismo, me recuerda al poeta sufí Ibn el Arabi. Como el gran maestro, David Foronda busca el conocimiento al estilo aristotélico, paseando. Los peripatéticos, además de una escuela filosófica que adoptó ese mote, son portadores de un rasgo genético de los seres humanos. Podríamos clasificarnos entre sedentarios y peripatéticos y, si bien, nada es blanco o negro y en todos nosotros se manifiestan ambas características de algún modo, hay muchas personas fundamentalmente peripatéticas o sedentarias. Los peripatéticos se encuentran en todas las actividades humanas, en la ciencia y las artes, en el viaje y el descubrimiento, en la filosofía y la religión. Son paseantes del mundo, del pensamiento y de la belleza, e intuyen que la única respuesta es el camino del conocimiento, paseando. Esto no significa que los sedentarios no busquen las mismas respuestas desde la inmovilidad. Ambos, peripatéticos y sedentarios, son el Yin y el Yan, los polos de un imán que atrae el conocimiento. Y ese camino es la única respuesta y de infinito recorrido o de infinita quietud.

Foronda es peripatético, se abisma en el panteísmo y la carnalidad y empatiza con el pulso de la naturaleza, haciéndonos sentir como siente un elefante o la boca que no se queda sin respuesta. Su verso, con el ritmo marcado por la contraposición de imágenes e ideas y apoyado por una acentuación fluctuante según la urgencia o la calma que al poeta le inspira el momento, ya no se encierra como en sus primeras obras, en que sus poemas eran una ecuación o una sura que se encierran en su universo, ahora, años después, el verso se abre. En su madurez de paseante, Foronda nos presenta la evidencia del suceder en un Universo cambiante e inabarcable, donde no hay héroes. Ulises, Marco Polo…hicieron su viaje porque hay que vivir.

La Naturaleza es su brújula. Su emocionante belleza encierra todas las verdades. Quizá en sus años en Asia, este sentimiento innato en el poeta, trascendió y se convirtió en el principal aprendizaje de su camino. Y a la Naturaleza interroga, aunque no entienda sus respuestas, como sucede con el I Ching. En la Naturaleza están las líneas partidas y enteras que conforman los hexagramas que nos responden.  Y así, el libro se divide en seis capítulos, seis líneas que, partidas o enteras, darán una respuesta a cada lector.

El amor es uno de los bastones de su caminar. Amor sexual y también amor hacia los otros como parte del todo que le rodea. A veces, su amor se embarga de tristeza al ver el sufrimiento de otro o presentir la pérdida.  Él no es espectador de ese viaje, le maravilla lo que ve, pero no está exento de dolor: las guerras que, en “Fuego cruzado” le castigan, la nostalgia del pasado en “1900”, donde rinde homenaje a los viajeros del siglo XIX, la certeza al fin de que “el mundo ya fue terrible, él tan solo lo está inventando”.

Y el tiempo es el otro bastón. Un concepto einsteniano del tiempo, no aprendido de la ciencia – que también – si no presentido como realidad. Foronda ve el mundo como descubrimiento, invento ya inventado donde el pasado y el futuro, como el presente son pueblos en una llanura y no son los únicos , hay otros tan reales a los que es posible llegar, y nos sorprende descubriendo al niño que era, encerrado en su habitación, imaginando los viajes, que el Foronda adulto viene ahora a contarle. El tiempo como una dimensión reversible igual que la distancia, con caminos paralelos, bifurcaciones y laberintos.

En el primer poema, ya nos avisa : el libro, su viaje, se nos muestra como una colección de láminas que reproducen los “pasados olvidados, los que no sucedieron y aguardan”. Y sin que, ese vertiginoso tiempo que imagina, le lleve a la inacción, él se implica, sufre y ama y se alegra de los breves encuentros del camino.

En “El libro rojo de los viajes”, el autor nos dice que, a pesar de todos los razonamientos, el viaje merece la pena, el sueño es incompleto sin los detalles de la percepción directa, “toda esta vida que no reconozco aún/ porque no estaba en el sueño”, y se maravilla del mundo hasta quedarse sin palabras.

La vida es efímera, “una corriente que unge de la ebriedad del abismo”, y la vida es caída. Así es el proceso vital. Caída, muerte, “la primera vez siempre es así”. Acaso Foronda nos habla de la reencarnación. Y el poeta se decanta por vivir, “nado a tu favor, y siempre y solamente” afirma, aunque sabe que “sin una herida mortal/el puente no existiría”. La muerte da sentido a la existencia.

Foronda sufre, ya nos lo ha advertido, y en “Una noche es Dismaland” se desespera ante la miseria de los otros y la propia. “El nombre de Dios hecho animal está sangrando por la boca” y solo en la empatía encuentra el escudo contra la barbarie. Una empatía que le hace salir a conocer a los otros, a los que son como él.

Pienso que en su libro, David Foronda nos descubre su siguiente destino, quizá el definitivo: África. Allí aún quedan los rastros de nuestro origen, del tiempo en el que los humanos hablábamos con el bosque, el río o despedíamos con respeto el último aliento del antílope cazado. Quizá, allí busque la esperanza, volver a la bifurcación en la que el ser humano eligió el camino que llega hasta nuestro presente y no eligió otro camino posible. Quizá Foronda quiera dejar de viajar por el espacio y comience el camino del tiempo.

Y le encontraremos por los caminos rojos, decidido a seguir el viaje, pues “dudar es darle espacio a la muerte”. Este libro “es una historia de amor” a la vida y a una forma especial de vivirla.

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